lunes, 16 de mayo de 2011

huellas


Hace ya seis años que compramos la casa en que vivimos, la escojimos en un pueblo castellano, una sólida casa de tapial con puertas carretonas, corral para los animales y un montón de cochineras, conejeras, gallineros, etc que fueron dejando paso a la hierba, las enredaderas, los árboles...  Ése fué el trato, ya que nuestra casa sería de tierra y adobes zamoranos, debería poblar de verde su corazón para que la gallega que hay en mí tuviese donde descansar los ojos sedientos de mar y de bosques.  Ninguno de los dos somos de este pueblo , aunque ahora que nació Emilia sí podemos decir que hundimos profundo nuestros piés en la tierra cálida, y han brotado las raíces.

Cuando comenzamos la obra de restauración, un poco a la deriva, no conocíamos a nadie del vecindario, pero las grandes puertas de madera estaban abiertas y la gente echaba el ojo para ver a "los que han comprado la casa de Escolástica", y así fué como conocimos a "el rata". Los apodos en los pueblos son un misterio, pues se remontan a generaciones en las familias y a veces se pierde el motivo de su origen en el remoto pasado. Yo no sé porqué a "el rata" le llamaban así, ya han pasado unos años y conozco a la mayoría de la gente del pueblo, y sigo sin saberlo. Era de los que se paraba a echar un parlao con Javi cuando lo veía al pasar, nos contaba como fué la casa en el pasado, quienes fueron sus sucesivos habitantes, que la que ahora es nuestra casa antes fueron varias, más pequeñas, unidas por el corral,  porque vivimos en la parte humilde del pueblo. No llegamos a trabar amistad con aquel hombre enjuto y anciano que cuidaba de su mujer, solo una cordial vecindad. Compartimos alguna botella de vino, un poco de leña, el calor de una hoguera en invierno, bajo las estrellas. Un día nos trajo una pequeña raíz que plantó con sus manos a la vera de la tapia, "Ya verás en el verano, a tu mujer le van a encantar las hortensias!". Y aquel bulbo subterráneo sobrevivió silencioso a toda la obra de la casa, al montón de escombros en que durante un tiempo se convirtió nuestro corral, y a su improvisado jardinero, pues hace un par de años "el rata" murió.

Esta primavera, acurrucado bajo la yedra, fué creciendo un capullo color carmín que hace un par de días se abrió en esta hermosa peonía. No eran hortensias, pero no importa. Y mientras la veo balancearse suavemente a través de la ventana, me dió por pensar en que este hombre, de alguna manera, sigue vivo en nuestra casa, y en como nunca sabremos quien caminó sobre las huellas de nuestros piés. Pasamos por la vida de las personas sin saber lo que dejamos detrás, y a veces, inadvertidas, dejamos flores escondidas que esperan durante años su momento. Hoy me sirvo una copa de vino , y en el silencio de mi cocina bebo un trago, "esta va por tí, rata!"

4 comentarios:

  1. Me has emocionado caye. Brindo contigo.

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  2. Preciosa historía, preciosa flor!
    Al final todo deja rastro, huella, y forma parte de lo que ahora es.
    Me encantaría ver vuestra casa, Ruth me ha hablado de ella, fotos de la transformación.
    un abrazo

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  3. !!Hermosa historia de cosas pequeñas pero importantes!! Pero sobre todo con qué dulzura y sensibilidad lo has contado, casi he podido oler las flores.

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