Esta noche terminé de leer, con el corazón en un puño, "El Saber Proscrito" de Alice Miller.Hace tiempo que me preocupa ese funesto destino por el que los padres perpetuamos en nuestros hijos los mismos dolores, traumas y abusos por los que tanto sufrimos en nuestra infancia. Y desde que nació mi hija me estremece esa violencia solapada que veo cada día se descarga contra los niños, justificada y disculpada de mil maneras por todos los adultos bienpensantes, como si esa fuese la única culpa que nunca, bajo ningún concepto pudiésemos admitir.
Todos esos actos de abuso de poder que jamás exculparíamos si tratásemos de hombres y mujeres, jefes y empleados, gobiernos y ciudadanos, etc... son aceptados y normalizados cuando la relación se establece entre un niño y sus padres adultos.
Hace tiempo, leyendo "Bésame mucho" de Carlos González, me topé con el cuestionamiento de todos estos "conceptos pedagógicos y educativos" que parten del concepto del niño como un objeto que hay que modelar, normalizar, socializar, unos conceptos que, sin formular esta idea raíz, parten de que el niño tiene una naturaleza asocial, egoísta, violenta o perversa , que hay que doblegar y reprimir por su bien y el de toda la sociedad; y ese fue para mi el principio de un camino por el que nunca había transitado.
Alice Miller no solo disiente de este planteamiento, sino que busca en el interior mas profundo de nuestros corazones cuales son esas razones que nos impiden empatizar con el dolor de nuestros hijos, y que nos llevan a aplicar "métodos y pedagogías negras" sin sentir su sufrimiento ni el precio de la sumisión que les exigimos. No hay nada más humillante que obedecer, y si lo es para un adulto, ¿porqué no habría de serlo para un niño?, ¿porqué nos escudamos tras justificaciones y racionalizaciones educativas cuando les violentamos con acciones y palabras que nunca aceptaríamos que nadie nos dirigiese a nosotros?
Emilia llegó para enseñarme muchas cosas, tantas... hace caer a tal velocidad mis esquemas mentales que la mayoría de las veces me quedo desorientada y perpleja ante el nuevo horizonte que ella extiende ante mi. Me abre, me desarma y me da la vuelta como un calcetín, me lleva a mis lugares recónditos, esos que hace tiempo cerré por no poder asumir lo que había en ellos.
A continuación unos fragmentos del artículo final del libro en el que Alice Miller resume sus planteamientos en una entrevista para una revista que nunca se llego a publicar.
"Para reconocer la crueldad, rechazarla inequívocamente y evitársela a nuestros hijos, debemos ser capaces de percibirla. Esos niños educados con severidad y crueldad no podían hacerlo, estaban obligados a dar las gracias por el trato que recibían de sus padres, a perdonárselo todo y a buscar en sí mismos las causas de los arrebatos paternos. No les estaba permitido en ningún caso poner en tela de juicio a sus padres.
¿Qué sucede cuando un nuño que ha crecido rodeado de amor, protección y sinceridad es golpeado por una persona? Gritará, expresará su ira y acabará llorando, mostrando su dolor y posiblemente preguntando: ¿porqué me tratas así?. Nada de todo esto es posible cuando el golpeado es un niño al que sus padres, a los que ama, lo han adiestrado desde buen principio en la obediencia. Para sobrevivir no le queda mas remedio que amordazar su dolor y su ira y reprimir mentalmente toda la situación."
"¿Como puede una madre hallar por sí sola esa verdad, si la sociedad le dice de manera inequívoca: a los niños hay que disciplinarlos, socializarlos y educarlos para que sean personas decentes? ¿A quién le preocupa que el verdadero impulso del llamado "coraje educativo" sea la antigua y hasta ahora nunca vivida rabia contra la propia madre? Esa joven tampoco quiere saberlo. Piensa así: Tengo el deber de disciplinar a mi hijo, y lo hago de exactamente la misma o parecida manera que lo hizo mi madre conmigo. Al fin y al cabo, ¿acaso no he llegado a ser yo también una persona como dios manda? Concluí mi formación con buenas calificaciones, participo en tareas caritativas y en el movimiento pacifista, siempre me he alzado contra la injusticia. Sólo que no he podido evitar pegar a mis hijos, aunque contra mi voluntad; pero no tenía más remedio. Espero que eso no les haya perjudicado, igual que a mí no me perjudicó."
"Estamos tan acostumbrados a oír afirmaciones semejantes que a la mayoría de las personas no les llaman la atención. Pero empieza a haber personas aisladas a las que sí les llaman la atención, personas que se han decidido a cuestionar las palabras de los adultos desde la perspectiva de los niños, que al hacerlo descubren cosas y que no temen la claridad. Advierten que esa destrucción de vidas humanas no puede calificarse de "amor paternal ambivalente", sino que hay que reconocerlo como lo que es: un crimen. No hay que quitarles hierro a los sentimientos de culpabilidad de los padres, sino tomarlos muy en serio. Estos sentimientos de culpabilidad son un indicio de que a los padres, en su día , les sucedió algo, y de que necesitan ayuda. Y los padres irán en busca de esa ayuda tan pronto como la hasta ahora única salida a la trampa, la que lamentablemente conduce a infligir malos tratos a la infancia, quede cerrada por la ley. Cuando eso suceda, los padres tendrán que pasar revista a su pasado, para poder salir sin culpa de la trampa emocional en la que se hallan"
"La experiencia me ha enseñado que algunos padres reaccionan mejor a la verdad que a los intentos de suavizarla, y que una serie de informaciones correctas puede serles de provecho. Pues toda persona que se halla en una trampa busca la salida. Y estará contenta y agradecida de encontrar una salida que no le haga cargarse de culpa y que no conduzca a la destrucción de sus propios hijos. Los padres, en la mayoría de los casos, no son unos monstruos a los que haya que aplacar con buenas palabras para que no chillen, sino, muy a menudo, niños desesperados que no han aprendido todavía a darse cuenta de las realidades y a hacerse cargo de su responsabilidad. La malentendían tomándola por un derecho a abusar de su poder. Está en manos de los padres jóvenes el reconocer la inutilidad de tales "sabidurías", y el aprender de las experiencias que tienen con sus hijos. Pero este novedoso proceso solo podrá tener lugar cuando también la legislación reconozca inequívocamente que los malos tratos a la infancia causan daños para toda la vida, y que esos daños no se ven en absoluto lenificados por la ignorancia de los agresores. Sólo sacando a la luz toda la verdad en lo que afecta a todos los implicados se podrá hallar una solución verdaderamente efectiva de los peligros que implican los malos tratos a la infancia."
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